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30 de septiembre de 2015

Roberto Obregón Morales,
Guatemala


CANTO HONDO DE ESPERANZA
      –Para Rosita Antillón–


Piensa que en el mar,
el que pastorea las olas,
es el hombre que tú amas
si te dicen que ha muerto.

Ve entonces, muchacha triste,
y busca su silueta
crucificada en el coral;
escucha
su densa voz de felpa
en elegía de caracoles,

y sabrás, fiel cazadora,
que he vuelto al Universo.

Si te dicen que he muerto,
en lenguaje silvestre
de indiscretas urracas,
diles que mis aguas cristalinas
y el murmullo de mi voz
no se evaporan.
Diles que el viento es leal
para no borrar mis huellas,
y el bronce de los caídos
gime cuando sufre mi recuerdo,

y que los pobres
tienen el consuelo
de mi canto,

que cuando
te sorprende la nostalgia
soy polen de tu lágrima
y la voz de tu garganta.

Sabré mis prematuras
hojas amarillas;
me doleré en lágrimas, porque
la tierra es de pocas hormigas,
y mi alma será húmeda y fría
como el invierno del niño pobre,

entonces mi canto también será
ditirambo junto al perfil del río.

Ignotos ojos me estarán mirando
como gotas de luz
en medio de la noche,
y estaré presenciando
el gran drama de la corta vida,
y te diré entonces, fiel cazadora
de mis luces y metales:
¡Oh!, ¡No he muerto!... No he muerto
esa esperanza de raíz por ser fruto
y la ilusión de los de abajo
por fecundar la aurora:
es la estela de mi canto...
y un átomo de miel
despertará tus labios con mi nombre.

Cómo habrá de morderte

la tristeza el alma
el día que yo muera.

Si los hombres me amaron

como se ama la esperanza,
enseñarán sus ojos a llorar
y sus labios
a sepultar sonrisas,
y los que no me amaron
me amarán un poco más
cuando sorprendan
–fraternal al viento–
emerger de sus alforjas
uno a uno mi dolor por ellos.

Entonces mi mente será

como un trozo de silgo
que llena las fuentes
y minas constantes de la vida.

Fiel cazadora de mi espuma,

no temas mi retorno al reino
de los líquenes y el viento,
de la hormiga y la estrella;
aprisiona mi huella
en el instante de tu vida
y mis ojos
en una ráfaga de fuego
y mi voz
en un cántaro de truenos
porque alguien preguntará
si te he amado
y si me prodigaste amor.
Entonces te sentirás sal de mi canto
y me amarás mucho más.

Por eso, pastora de mis perlas,

recibe el día en que yo muera
como viejo amigo retardado
y bésale la frente al sol
que desde entonces será mi mensajero.

Anoche estuve pleno de astros

en la constelación de mi pensamiento,
y en la memoria flourescente
me alumbró las puertas del insomnio.

Supe entonces que tus fuegos

y arcanos minerales de mujer
son los que sazonan mi alma,
y el cuarzo de tus ojos
en intimidad terrestre
los reveladores del misterio.

(Y es que no es la quietud

lo que el espíritu persiga,
sino el orden más puro
de sus alumbradas sensaciones
en volcánica existencia).

Esa noche supe, fiel modeladora

de los pedernales de mi canto,
tu secreto de sal
del mar que en mis playas florece.

(La miel tiene un color triste,

así como tus ojos... melancólicos
y tiernos como una gota de otoño
agonizando entre las hojas secas;
y la alondra tiene algo de tu gracia,
o eres tú
quien lleva una alondra en el alma).

La bruma era los ojos del día,

grises y silenciosos.
–Es un día perdido en el recuerdo.
Sólo tú escuchabas mis palabras
de fiel apóstol
de la esperanza de los hombres.

–Los oídos de tu alma

sienten el sabor de los misterios
cuando yo los cuento
con voz sincera de poesías termales,
y por eso me escuchabas...

Uno de esos días

embarcados de claridad,
te descubrí
que era misión mía
enterrar inmortales,
abrir sepultura entre mis versos
y dar paso a sus figuras;
que de sus palabras inéditas
haría un testamento
convertido en germinal de héroes.

La libertad

tiene racimos de inmortales,
tira de ellos
para abonar su trigo
y en su lugar crecen
encresponadas estaciones de recuerdo.

–Me escuchabas

como fiel apóstol de la esperanza,
¡era mi ilusión confirmada!

Te asomaste a mi alma

y viste un pozo de iridio
en el que cada suspiro
era un arcoíris melancólico
por el desajustado desfile
de los hombres,
siendo los miserables
la alfombra de los poderosos.

(Fiel eco

de mi quejumbroso viento,
ya tienes
en las manos del alma
un grano de siglo abierto).

Ahora te escribo

con mi raíz
de ausencia,
encerrando
la voz
de mi alma,
que nace,
constante,
del corazón
del tiempo;
las epístolas
sin buzón
ni fecha,
porque
es eterno
el cantar
del mar,
y lo conserva
el viento,
y perduran,
aun cuando
a Otoño
arribada
esté mi edad
y el siglo:
por tu sal
y el amor
que nos une.

No quiero que te duelas

de la muerte
que gotea de la edad del hombre.

Llamará a mis puertas del día,

y al abrir
entrarán sus potros nocturnos.

No será en la primavera,

ni cuando el mundo naufrague
en la quietud del infinito:
sábelo bien, fiel muchacha mía,
que no he de morir si aún te amo
y en tu amor
mi espíritu ha bebido.

¡Oh, fiel cazadora de mis notas!

¡Mi alma se eleva a la naturaleza
sobre los peldaños de tiempo!
¡Ven, ven amada mía,
fuego de mi carne
a encender una vida!
¡Ven con tus dedos
a inventar caricias,
a empaparme el rostro
de expresiones!

Tus labios tienen pólvora.

Tienes el corazón tan grande,
que todas las mujeres
se quedaron con el pecho vacío,
–y en él
guardas un pedazo de esperanza
para mis hambres.

–Muchacha,  diluvio de besos,

en la orilla de nosotros
otro mundo llora y goza,
canta y muere
y ama como nosotros,
¡y son tan libres como el hambre!
De ellos es nuestra esperanza,
de ellos el amor y el mundo.

Después de todo

pregúntale al viento,
cuando encienda una voz
en el silencio,
si no llueven mis letras
sobre tus cartas,
por nuestro amor
en busca de esperanza.



El poema Canto hondo de esperanza es parte del poemario Poemas para comenzar la vida y Poesía de la ausencia, de Roberto Obregón Morales, publicado por la Revista Universidad de San Carlos de Guatemala en su número 55 correspondiente a los meses de septiembre a diciembre de 1961. Roberto Obregón, 1940-1970, es un poeta detenido-desaparecido por la represión en una frontera entre El Salvador y Guatemala. Puede obtenerse más información haciendo click sobre el nombre del poeta: Roberto Obregón