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23 de agosto de 2011

Roberto Obregón, poeta para siempre. De Poesía de barro, el libro de las interrogaciones, 1962-1966

Roberto Obregón, de Poesía de barro,
el libro de las interrogaciones, 1962-1966 




Canción del profeta
(Roberto Obregón, Guatemala)

............................................................el secreto está en lo que la profecía
............................................................nos descubra del presente

I

Y el viento comenzó a medrar
bajo los árboles mojados.
Salid al patio.
Ya solamente el viento.  La lluvia se fue.
Salid y mirad,
mirad:
he hundido mi mano en la charca.
Resulta que su profunidad
no era sino el reflejo
de la altura de una estrella.

¿Qué fue entonces, de la tenacidad de las lluvias?
¿De los picos, la barreta, la ilusión,
de la dentellada de la tornenta
queriendo romper la corteza de la indiferencia?
¿Del paciente esmerilar
en búsquedas de una luz intrínseca
en nuestro metal,
en nuestro espíritu?

Pero, no os aflijáis
si el futuro no nos consigue agua
golpeando la roca con sus pezuñas.
No os intranquilicéis,
si el chicotazo del rayo
no parte la tierra como una naranja
y nos entrega una fuente.

Dejadme a mí, hijo de los venados azules
y de las estrellas aún más azules,
del jaguar amarillo y el coyote de jade.
Dejadme a mí -encargado de los presagios
y guarda de nuestra tristeza-,
dejadme abrir un pozo
al pie de las viejas montañas.

Dejadme y sentaos a esperar
sobre el tronco ya podrido de la esperanza,
esperadme, quietecitos,
bajo la bóveda del cielo.

Yo os traeré de beber en mis manos,
mis manos,
mis pies,
a los grandes sueños
habéis encadenado.

II

Miradlos.  Se han pasado el tiempo
creciendo sobre la ceniza
de sus propios incendios.
Arrancad sus vestiduras y máscaras.
Miradlos: si son aquellos mercaderes
que en las ferias de nuestrta historia
envolvían la fruta engusanada con piel de doncella,
ocultaban el puñal ensangrentado
bajo discurso patriótico, la palabra cariñosa.
Abrid el silencio de sus bocas
la frialdad de sus ojos impasibles
y se les derramará en gusanos el alma.
Miradlos.  He allí que ellos pastan en el polvo
de antiguos esqueletos olvidados.
Florecen sobre la sombra dispersa
y al llanto de nuestros antecesores.
¡Mirad cómo ahora introducen su larva,
en las carnes tiernas de nuestro futuro!

III

¿Qué hace Bolívar en los cantos de gesta,
en los poetas de fiesta,
disuelto en la pedantería del historiador?
¿Qué trama multiplicándose en monumentos,
hablándonos en lenguaje de bronces y piedras?
¿Por qué, si nosotros somos los que él soñaba,
no se nos para y, con la mirada fija,
nos pide cuenta de sus profecías,
del brillo de su pensamiento,
del fuego que nos dejara a cuidar,
del filo ya romo de su espada?
¡Qué bolivarianos ni qué ocho cuartos!
¡Más parecemos la pulcra, limpia,
la blanquísima y maldita losa
que no lo deja salir de su sepulcro!

Y aquí no se trata de cerrar los portones
para que no se nos entre la noche,
y asimismo de abrirlos de par en par
para dar paso a la luz y al viento.
De lo que se trata es de corretear al mercader
que se pasea en la acera de enfrente.
El tal, en los sótanos de su adulación,
calcula, saborea y recuenta
el peso de nuestra carne.
¡Y sopesa lo que le costaría
si el futuro llega a caer en nuestras manos!

IV

¿Acaso no pertenecen los sueños al presente?
Por debajo de los tiempos
asonorada se arrastra
el alma de las cosas y los hechos.  El misterio.
¡Apresemos esas horas ocultas
antes de que se transformen
en futuro sonante
a nuestras plenas narices!
Y no lo veamos,
y lo lloremos, mejor dicho nos lloremos,
nos lamentemos:
ah, este pasado y sus pesadas cadenas
(porque el futuro es un pasado
que nunca fue nuestro),
no nos deja avanzar
y nos obstruye
la puerta más ancha del hombre
¡su afán por ser mejor y más humano!

Hurguemos auscultemos escudriñemos
violemos abramos hallemos busquemos
encontremos entremos profundicemos
clamemos digamos silencio en la noche
¡la vieja señal aquí la tenemos!

Que en nuestra alma, como en una red,
ese familiar y extraño silencio
pase dejando sus granos de oro, Su arena de oro.
Que su rastro en nuestras manos
tenga el olor de la eternidad.
Porque solamente de esa manera
seremos el PASTOR DE SI MISMO.

Descansad hermanos, hermanas,
junto a las brasas moribundas
que yo, encargado de los presagios
y guarda de nuestra tristeza,
vigilante de las cosas de sueño
y los asuntos del futuro,
traeré agua en mis manos,

¡mis manos,
mis pies,
a los grandes sueños
habéis encadenado!